Durante décadas, las gaseosas ocuparon un lugar indiscutible en la mesa: refrescantes, familiares, pero también cargadas de azúcares y aditivos. En ese escenario —dominado por lo tradicional— nació HULA, una bebida funcional que propone una nueva forma de disfrutar sin culpa.
La historia de esta bebida no surge de una tendencia ni de una estrategia de mercado, sino de una experiencia personal. Marco Díaz, fundador de HULA, fue diagnosticado como prediabético y se encontró frente a una contradicción habitual: le encantaban las gaseosas, pero necesitaba reducir el consumo de azúcar. “Buscaba una opción que me ayudara a regular la glucosa y que no fuera dañina”, recuerda. Ante la falta de alternativas que cumplieran con ese objetivo, decidió experimentar por su cuenta.
Lo que comenzó como un proyecto casi artesanal —pequeñas producciones para él, su familia y amigos— fue creciendo de forma orgánica. Cada persona que probaba HULA pedía más. Ese interés sostenido impulsó a Marco a convertir la idea en un negocio real, con procesos más estructurados y una producción cada vez mayor. Hoy, HULA cuenta con una planta mediana y produce miles de litros diarios, manteniendo el enfoque en ingredientes naturales y transparencia en su elaboración.

Marco Díaz, fundador de Hula, impulsó la marca tras buscar una alternativa más consciente a las gaseosas tradicionales.
Uno de los elementos centrales de HULA es el vinagre de manzana, ampliamente conocido por sus beneficios para la regulación de la glucosa cuando se consume junto a las comidas. Para Marco, su incorporación respondió tanto a una recomendación nutricional como a una necesidad práctica. “Yo llevaba mi vinagre de manzana a los almuerzos, pero llegó un punto en que pensé que debía existir una forma más simple”. Así nació la idea de integrar ese ingrediente funcional en una soda que pudiera pedirse en cualquier restaurante.
A este componente se suman frutas reales, kión y hierba luisa, que aportan frescura, notas digestivas y una experiencia sensorial distinta a la de las gaseosas tradicionales. El objetivo nunca fue imitar sabores conocidos, sino construir un perfil propio. “No queríamos un sabor plano. HULA siempre combina matices: dulce, ácido y refrescante”, explica su fundador. El resultado es una bebida ligera, pensada para tomarse bien fría y acompañar las comidas del día a día.
El camino hasta llegar a ese equilibrio fue largo. Implicó meses de ensayo y error, múltiples pruebas y focus groups constantes. El primer sabor que salió al mercado fue cranberry, seguido por combinaciones con frutas como fresa y manzana. Más recientemente, HULA lanzó maracumango, una mezcla que se ha convertido en una de las favoritas, especialmente en temporada de verano. “Buscamos sabores que no sean aburridos, que sorprendan”, señala Marco.

A diferencia de las gaseosas convencionales, HULA no tiene azúcar añadida. El dulzor proviene de las frutas y del monk fruit, un endulzante natural que aporta sabor sin elevar los niveles de azúcar en sangre. Esta elección permitió mantener el equilibrio entre bienestar y disfrute, un punto clave para que la bebida resulte atractiva a un público más amplio. “Para que funcione como negocio, tenía que gustar, pero sin traicionar la idea inicial”, afirma su creador.
Más allá de lo nutricional, HULA propone un estilo de vida. Se dirige a personas activas, modernas y conscientes, que buscan cuidarse sin dejar de disfrutar. Consumidores que entienden que el bienestar no pasa por la restricción extrema, sino por elecciones más informadas.
“HULA no quiere ser una marca más. Quiere cambiar la forma en que Latinoamérica se refresca.” Esa visión convierte a la bebida en algo más que un producto: la posiciona como una misión que busca transformar hábitos cotidianos y acompañar un cambio cultural en torno al consumo.