En un país donde las culturas originarias han sido históricamente marginadas, Renata Flores emerge como una de las voces más potentes y comprometidas del nuevo Perú. Cantante, compositora y activista, su música no es solo una expresión artística, sino una declaración política y un puente entre generaciones que busca sanar, visibilizar y transformar.
Desde las alturas de Ayacucho, Renata canta en quechua, fusiona el trap con sonidos ancestrales y rescata historias invisibilizadas, llevando el mensaje de su tierra a los escenarios más grandes del mundo. Desde sus inicios, la música ha sido para Renata una herramienta de lucha. No una lucha abstracta, sino profundamente enraizada en su historia familiar, en su geografía y en su lengua. “Al iniciar en este camino me motivó poder hablar de temas políticos, temas sociales, realidades que yo he visto y he escuchado por mi familia en Ayacucho”, cuenta. El hip hop y el rap, géneros que históricamente han surgido de contextos de resistencia, encontraron en ella una voz que quería expresar la rabia, el dolor y también el orgullo de pertenecer a un territorio que ha sido golpeado por conflictos sociales, pero que también ha sabido resistir con dignidad.
“Me he dado cuenta de que he estado destinada a hacer música y activismo por medio de la música; a comunicar ese mensaje y llevarlo a muchas más personas”.
Ayacucho no es solo su hogar; es también el núcleo espiritual de su arte. Desde su casa en Huamanga, rodeada de montañas y memoria, compone, escribe y se nutre de las voces de su comunidad. “Conversar con mis abuelas, tener esa conexión es super importante. Además, el lugar donde vivo es otra de las inspiraciones para hacer música”, explica.
En cada verso, Renata entreteje las vivencias personales con una mirada crítica y esperanzadora del país que habita. Su identidad se forja desde el cuestionamiento y la búsqueda: desde muy niña se preguntó por qué su familia no le hablaba en quechua, y en ese camino de recuperar la lengua, descubrió también su propósito artístico. Su álbum debut, “Isqun” (nueve, en quechua), es un homenaje a las mujeres andinas y a sus luchas silenciadas.
En él, rescata figuras como María Parado de Bellido y Ventura Ccalamaqui, heroínas de la independencia cuyos nombres apenas aparecen en los libros de historia. “Me he dado cuenta que he estado destinada a hacer música y activismo por medio de la música. A comunicar ese mensaje y llevarlo a muchas más personas”, afirma con convicción. La elección del número nueve no es casual: en la cosmovisión andina, simboliza el reflejo del alma. Así, su disco se convierte en un espejo de las vidas de mujeres que, aunque invisibles para muchos, han sostenido comunidades enteras con su trabajo, su arte y su amor.
Pero Renata no se queda solo en la memoria; también proyecta futuro. Su obra conecta con una nueva generación que está comenzando a mirar con otros ojos sus orígenes. A pesar de las críticas que ha recibido por fusionar lo ancestral con lo contemporáneo, especialmente por sectores más conservadores, su propuesta ha sido abrazada con entusiasmo por jóvenes de todo el país. “He visto un cambio. Jóvenes y niños me siguen, me escuchan, y no solamente a mí, sino a otros artistas que también están en el mismo movimiento”, cuenta.
Esa conexión con nuevas audiencias se vio reflejada este 29 de junio, cuando Renata Flores se presentó por primera vez en Lima, con un espectáculo que significó un hito en su carrera. El concierto reunió a artistas como Los Mirlos, Amy Gutiérrez y Lucianeka, y contó con una puesta en escena trabajada con bailarines y músicos des de Ayacucho. Fue una celebración de su trayectoria, pero también una oportunidad para que el público limeño sintiera en vivo la potencia de su pro puesta.
El compromiso de Renata va más allá del escenario. Su mamá fundó una asociación cultural llamada Surca, desde la cual, ahora en familia, buscan formar nuevas generaciones de artistas conscientes.
En un contexto global donde lo local muchas veces se diluye, Renata ha logrado posicionarse sin perder su esencia. Desde los 14 años, cuando empezó a subir covers en quechua a YouTube, ha recorrido un largo camino. Hoy, prepara su segundo álbum, “Traficantes”, donde se adentra aún más en las historias íntimas de su familia, especialmente de sus abuelas, quienes enfrentaron solas la maternidad, la migración y el machismo estructural del país. “He visto cómo mi mamá ha sacado adelante a la familia. Mi abuela tuvo que sacar adelante a cinco hijos sola”, recuerda con emoción.
El compromiso de Renata va más allá del escenario. Su mamá fundó una asociación cultural llamada Surca, desde la cual, ahora en familia, buscan formar nuevas generaciones de artistas conscientes. Este trabajo comunitario complementa su labor artística y refuerza su convicción de que el arte puede ser un vehículo para el cambio social.
A las niñas y adolescentes quechuahablantes, Renata les envía un mensaje claro: “No tengan miedo, ni vergüenza de hablar nuestro quechua”. Su voz es también un eco de las voces que fueron calladas. Y al mismo tiempo, es un canto para un país que empieza —por fin— a escucharse a sí mismo.
Agradecimientos:
PRODUCCIÓN, DIRECCIÓN DE ARTE Y STYLING: Arianna Gonzales (@ariannagonzaless)
MAKEUP: Valery Loreine (@valery.loreine)
HAIRSTYLE: Katty Siu (@kattysiu.makeup)
VIDEOGRAFO: Juan Franco (@jfrancor29)
AGRADECIMIENTOS DE STYLING: KERO DESIGN (@kerodesign_official)
CASA J (@casaj.pe)