Hay maternidades que empiezan en silencio. No con la noticia, no con el latido, sino mucho antes: en la espera, en la duda, en la pregunta que se repite en voz baja cuando nadie más escucha. La historia de Solange Casis no comenzó con una celebración inmediata, sino con un proceso largo, emocionalmente exigente y profundamente humano que decidió compartir, aun cuando dolía.
En un universo digital que muchas veces exige perfección, Solange eligió mostrarse vulnerable. Habló de tratamientos, de esperanza y de frustración. De la incertidumbre que pesa más que cualquier diagnóstico y del cansancio emocional que pocas veces tiene espacio en la conversación pública. Su relato no buscaba compasión, sino mostrar la verdad detrás de un proceso. Y en esa verdad, cientos de mujeres encontraron compañía.
Hoy, con Salma creciendo dentro de ella, su mirada es distinta. No idealiza el camino ni romantiza la espera. Habla de culpa, de presión social, de comentarios bien intencionados que hieren. Pero también de fortaleza, de red de apoyo, de amor paciente. De una transformación íntima que la obligó a reconciliarse con su cuerpo, a mirarlo no desde la exigencia estética, sino como territorio fértil de posibilidades.
Este embarazo llega después de un camino largo y muy expuesto. ¿Qué fue lo primero que sentiste cuando viste el resultado positivo?
Incredulidad. Recuerdo mirar el resultado varias veces, como si mi cabeza necesitara tiempo para procesarlo. Después, vino una mezcla muy intensa: alivio, miedo, emoción y una calma rara. No fue un grito de felicidad inmediato, sentí como si mi cuerpo y mi corazón necesitaran permiso para creerlo.
Durante el proceso de fertilidad asistida compartiste momentos muy vulnerables en redes. ¿En qué punto decidiste que tu historia podía ayudar a otras mujeres?
Yo siempre he sido muy honesta con lo que vivo, y este proceso me atravesó por completo. Hubo un punto en el que me di cuenta de la cantidad de mensajes que recibía de mujeres que se sentían menos solas al verme hablar sin filtros. Ahí entendí que contar mi historia no solo representaba desahogo, también podía ser acompañamiento. Y si alguien se sentía comprendida, ya valía la pena.
Muchas veces se idealiza la maternidad, pero poco se habla de la espera, la frustración y el duelo. ¿Cuál fue la emoción más difícil de atravesar en este proceso?
La incertidumbre. No saber si iba a pasar, cuándo, ni cómo. Esa sensación de estar haciendo todo “bien” y, aun así, no tener control. También, estaba el duelo silencioso de imaginar una maternidad que parecía lejana. No siempre fue tristeza profunda, muchas veces fue cansancio emocional.
Hoy, con una vida creciendo dentro de ti, ¿cómo ha cambiado tu relación con tu cuerpo y con la idea de “ser mamá”?
Mi relación con mi cuerpo se volvió mucho más compasiva. Dejé de verlo solo desde lo estético y empecé a verlo como un lugar seguro, como un espacio que sostiene vida. La idea de ser mamá dejó de ser un concepto futuro y se volvió presente. Real. Y también me permití verme humana, con miedos. Saber que no soy perfecta.
¿Qué aprendiste de ti misma en los momentos en los que la maternidad parecía lejana o incierta?
Aprendí que soy más fuerte de lo que creía, pero también que está bien no serlo todo el tiempo. Aprendí a pedir ayuda, a parar, a aceptar que no todo se puede controlar. Y que mi valor no dependía de un resultado.
A lo largo de este camino, ¿sentiste presión social o comentarios que, aunque bien intencionados, dolían?
Sí, mucho. Comentarios como: “Relájate”, “Cuando menos lo pienses pasa”, o preguntas constantes sobre cuándo iba a ser mamá. Sé que no venían desde la mala intención, pero cuando estás en ese proceso, pesan. Te recuerdan algo que ya está muy presente en tu cabeza.
¿Qué papel jugó tu entorno —pareja, familia, amigas— en sostenerte emocionalmente durante este proceso?
Fue fundamental. Mi pareja fue mi ancla, mi lugar seguro. Mi familia y mis amigas supieron acompañarme incluso cuando no había palabras. No siempre necesitaba consejos, muchas veces solo necesitaba que estuvieran. Y eso marcó la diferencia.
Muchas mujeres que atraviesan tratamientos de fertilidad hablan de la culpa y del “¿por qué yo?”. ¿Te enfrentaste a esos pensamientos? ¿Cómo los trabajaste?
Sí, claro que sí. Me pregunté muchas veces qué había hecho mal, por qué mi cuerpo no respondía como esperaba. Con el tiempo entendí que la culpa no me llevaba a ningún lado. Fue un trabajo interno —y también terapéutico— aprender a soltar esa pregunta y reemplazarla por más compasión hacia mí misma.
Hoy eres vista como una inspiración para mujeres que aún están esperando un resultado positivo. ¿Cómo convives con esa responsabilidad emocional?
Con mucho respeto. No me siento ejemplo de nada, solo soy una mujer contando su proceso. Siempre intento ser muy honesta y cuidadosa, recordando que cada historia es distinta y que no todos los finales son iguales ni llegan al mismo tiempo.

Si pudieras hablarle a la Solange de hace algunos años, la que soñaba con ser mamá y no sabía cuándo, ¿qué le dirías?
Le diría que no está fallando, que no se compare, que su tiempo no es el de nadie más. Que confíe, pero también que se permita cansarse, llorar y dudar. Y que, pase lo que pase, sigue siendo suficiente.
¿Qué crees que esta experiencia te ha enseñado sobre la paciencia, el amor y el control —o la falta de él— en la vida?
Me enseñó que no todo depende de mí, y eso, aunque da miedo, también libera. Aprendí que el amor no siempre es inmediato; a veces es resistencia, espera y fe. Y que la paciencia no es pasividad, es sostenerte incluso cuando no sabes qué viene.
La maternidad empieza mucho antes del nacimiento. ¿Cómo imaginas el vínculo con tu bebé después de todo lo vivido?
Lo imagino profundo y muy consciente. Siento que este vínculo se empezó a construir desde la espera, desde el deseo, desde el cuidado previo. No idealizado, pero sí muy real y presente.

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FOTOGRAFÍA: Andrés Espinoza (@andresespinozafoto)
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ASISTENTES DE FOTOGRAFÍA: Yuri Russo y Jesús Álvarez.
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