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Arte y Cultura

Quimera Art: cuando el arte cobra otra dimensión

Mauricio López Merino y María Gracia Murguía encontraron en Quimera Art Studio una manera de unir arquitectura, creatividad, diseño y tecnología para crear obras que no solo se contemplan, sino que también se descubren y se hacen propias. Publicado: 18 de septiembre de 2026 1.png

Nunca estuvo en los planes convertirse en una dupla dedicada al arte. La creatividad, eso sí, siempre estuvo presente.

Arquitecto de formación y con una trayectoria profesional ligada al mundo corporativo, la innovación, la tecnología y la gestión de marcas, Mauricio López Merino había mantenido durante años una inquietud artística en paralelo. La escultura fue uno de los primeros caminos que exploró y, aunque algunos proyectos quedaron en pausa, la necesidad de crear siguió allí.

María Gracia Murguía Somocurcio también había construido su propio camino creativo. A través de Quimera Gifts desarrolló una marca enfocada principalmente en productos personalizados para niños. Con el tiempo, los pedidos comenzaron a crecer y aparecieron clientes que buscaban cuadros de mayor formato y piezas más elaboradas.

Así nació Quimera Art Studio.

Una idea que empezó en casa

Lo que comenzó como una extensión del trabajo de María Gracia encontró rápidamente una nueva dirección cuando ambos empezaron a experimentar con materiales, dimensiones y posibilidades. La arquitectura y la mirada más técnica se encontraron con la creatividad y la sensibilidad desarrolladas desde el mundo del diseño de productos.

Las primeras piezas fueron mostradas a familiares y amigos, hasta que una publicación en redes sociales cambió el ritmo de la historia. Las preguntas comenzaron a llegar: qué materiales utilizaban, cuánto costaban las obras y dónde podían verlas. Después llegaron las primeras visitas y las primeras compras.

La respuesta confirmó que aquello que había comenzado como una exploración personal también podía conectar con otras personas.

Crear, probar y volver a empezar

Parte del carácter de Quimera está precisamente en su proceso. Las ideas no se quedan demasiado tiempo en la cabeza. Se dibujan, se diseñan, se llevan a la computadora y luego pasan a las manos. Se prueban materiales, colores y formas hasta encontrar el resultado que funciona.

Ahí aparecen dos maneras distintas de trabajar que terminan complementándose. Una mirada más pragmática y arquitectónica ayuda a convertir rápidamente una idea en algo tangible. La otra aporta pausa, exploración y una sensibilidad especial para imaginar cómo puede crecer una propuesta.

El resultado tampoco está definido desde el principio. Lo que funciona en una pantalla puede cambiar completamente al convertirse en una pieza física. El color, los reflejos, la luz y la profundidad terminan aportando una personalidad propia.

Por eso el proceso incluye pruebas y correcciones. A veces, incluso, la versión que menos convence inicialmente termina siendo la que más conecta con quienes la descubren.

Esa búsqueda ha dado forma a un lenguaje donde el acrílico ocupa un lugar importante, acompañado por relieves, capas, transparencias y elementos intervenidos. La intención es dejar atrás la superficie plana y conseguir que la obra tenga una presencia diferente dentro del espacio.

No se trata solamente de colgar un cuadro en una pared. Se trata de hacer que la pieza dialogue con ella.

Una obra que también puede cobrar vida

Esa idea de ir más allá de la pared ha llevado al estudio a explorar nuevas dimensiones. Algunas obras incorporan códigos QR que permiten activar experiencias digitales en tercera dimensión. Una imagen estática puede convertirse, al ser escaneada desde un celular, en una escena con movimiento: un baterista comienza a tocar o un personaje puede reaccionar ante quien lo observa.

La tecnología, en este caso, no busca ser el centro de atención. Funciona como una capa adicional que amplía la relación con la obra.

La luz también cumple un papel importante. En las piezas verticales, por ejemplo, la posición del sol puede modificar los reflejos y las sombras a lo largo del día, haciendo que la misma obra se perciba de distintas maneras.

La exploración continúa

El lenguaje visual de Quimera empieza a trasladarse hacia piezas tridimensionales, objetos y accesorios. Las carteras que vienen desarrollando incorporan textiles, color y acrílico, llevando esa identidad desde la pared hasta objetos que pueden acompañar a una persona.

Es una evolución que responde a una idea que atraviesa todo el proyecto: salir del cuadro. Porque para esta dupla una obra no termina cuando está lista ni cuando llega a una casa. Allí comienza otra parte de la historia.

La pieza puede cambiar con la luz, revelar nuevas formas según el ángulo, activar una experiencia digital o simplemente provocar una conversación. Pero, sobre todo, puede adquirir un significado distinto en manos de quien la elige. Esa conexión es quizás lo que más valoran.

No buscan que cada persona vea exactamente lo que ellos imaginaron al crearla. Les interesa que la obra pueda encontrarse con la historia, los gustos y la sensibilidad de quien la lleva consigo. Al final, el arte deja de hablar únicamente de sus creadores y empieza a hablar también de quien decidió hacerlo parte de su vida.

Ese es el verdadero punto de partida de Quimera Art Studio: crear algo que tenga identidad propia, pero que encuentre su significado definitivo cuando alguien lo mira y piensa: esto es para mí.

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